
Si ponemos una rana en una olla de agua hirviendo, inmediatamente intenta salir. Pero si ponemos la rana en agua a la temperatura ambiente, y no la asustamos, se queda tranquila. Cuando la temperatura se eleva de 21 a 26 grados, la rana no hace nada, e incluso parece pasarlo bien. A medida que la temperatura aumenta, la rana está cada vez más aturdida, y finalmente no está en condiciones de salir de la olla. Aunque nada se lo impide, la rana se queda allí y se cocina. ¿Por qué? Porque su aparato interno para detectar amenazas a la supervivencia está preparado para cambios repentinos en el medio ambiente, no para cambios lentos y graduales.
Las grandes crisis, como el agua hirviendo, nos hacen saltar; si no perdemos los nervios podemos reconducir nuestro camino, es decir, dirigir nuestro rumbo hacia dónde queremos ir realmente. Si como la rana estamos en aguas templadas y no nos detenemos de vez en cuando, para analizar hacia donde nos dirigimos, puede que acabemos cocidos sin darnos cuenta. Pongamos conciencia en nuestra vida. Paremos nuestro ritmo unos momentos, no sea que un día nos sorprendamos preguntándonos cómo llegué hasta aquí y sin fuerza para cambiar.
La parábola es rica en conclusiones, tiene muchas lecturas, que cada uno saque la que le sirva.